martes, 27 de diciembre de 2011

París ya no volverá a quedarnos.


Nunca había creído en el destino ni tampoco lo hizo esta vez -coincidencia, se podría decir-. Supo desde siempre que le había costado muy poco eso de llenar la cabeza de ideas estúpidas como prohibir los cazamariposas, todas las locuras peliculeras y el poder hablar con verbos en la conjugación del tiempo-conjunto.

Inamaginaba levantar la vista y reflejarse en sus pupilas, esuchar su canción favorita en el castañeteo de sus dientes, y en buscarse en la forma de las nubes (sobre todo, porque había alta probabilidad de que se encontrasen yuxtapuestos).

Ahora sólo tocaba furmarse el invierno, para echar vaho por la boca dibujando ilusiones con su lengua, y ver si el pasado le regalaría el mapa para llegar a la X del futuro, para poder viajar en el tiempo con su mente y con las yemas de sus dedos, para poder dibujarle en la nieve todo lo que le haría y todo lo que se querían.

Paseaba por las pasarelas de los axones de sus neuronas, coleccionando las descargas de sus pensamientos, para guardárselos en el bolsillo con agujero, y más tarde perderlas teniendo la excusa de que fué sin querer.

Y esque nunca le gustó insistir, asi que lo hacía sólo a veces, poquito a poquito, para que las cosas nunca tomaran a dirección contraria, aunque ya se sabe que todos los caminos llevan a Roma, pero entrando por la "a".

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