martes, 27 de diciembre de 2011

A veinte segundos de distancia


Mierda; y lo que le jodía reconocer que le encantaba hundir la mano en su pelo para que se la apartara de un manotazo. El quedarse mirando durante horas el lunar de su ojo; para poder buscarle una forma distinta cada vez, y ver como se movía cuando apartaba la mirada para reírse.

Y para aquel entonces uno y medio eran veinte, pero se habían pasado como un cometa. Ya que estaba, aprovechó para pedir un deseo; como siempre se hace. Seguro que le había dicho que pedir deseos en una lluvia de estrellas es hacer trampa, y que sólo valen las estrellas que van solas; las que sabía que jamás se estrellarían.

Y le gustaba ver el color que hacían sus labios con la espuma del café, el reflejo del alcohol en sus venas y el romper de la barrera del sonido con una carcajada corta. Aun así le seguía dando vergüenza el poder decirle que veinte no son nada sabiendo todo lo que le quedaba.

¿Sabes?, creo que en el fondo y muy en el fondo, se querían.

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