viernes, 13 de enero de 2012

Deshagan juego.


Era la única persona, entre miles. No sólo porque estuviese sola, si no porque también sus intenciones eran diferentes.

Se sentó, pidió una copa y sonrió. Jugaba con las fichas como queriendo decir que no eran suyas. La gente no se percató de qué la sonrisa no era para ellos, si no para sí misma. - Es igual. - Pensaba ella. Era demasiado bonita como para compartirla. Al menos, de momento.

Jugaba para perder; para perderse y encontrarle. Guardaba la esperanza en el monedero, y los billetes en la mesa de juego.

Nunca había creído en supersticiones, pero aquella noche se lo jugó todo a doble o nada. Se mordía los labios, masticaba la incertidumbre y se agarraba a cualquier cuento chino. Después de la resignación, solo le quedaba un camino que tomar.

Le enseñaba el dedo corazón a su suerte, y apostaba su corazón en martes y trece. Ponía al mundo en su contra, y amenizaba sus ratos muertos inventándose listas de sus números menos favoritos. Tenía todo que perder.

Y perdió.

Fue entonces, y sólo entonces, cuando se dio cuenta de que la compensación no existe; de que buscando no se encuentra; y de que el azar reparte suerte, no compañía.



Para I. del O., quien me ha repetido tantas veces lo mucho que la quiero gracias a su mala suerte. Pero lo que yo le repita es otra historia.

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