jueves, 12 de enero de 2012

Instrumentos de medir, para sentir.


Tomó la autopista de los celos. Total, siempre había estado pensando en el final; incluso desde el principio.

No se lo había dicho a nadie. Se había limitado a sonreír al suelo, y ya sólo podía mirarle con un vaso de vino de por medio; o a través del humo de lo que ella decía que era un cigarrillo.

Aunque las confidencias, los miedos e incluso los mordiscos de la almoahada seguían sabiendo a gloria; revisar sus pensamientos le empezaba a saber a rancio. Ya no sabía terminar sus frases como antes, y se le había olvidado quererle en serio.

Las mañanas le sabían a arrepentiemiento, y la justicia personal había perdido la cabeza. Se había vuelto una experta en pretender un futuro perfecto; construyendo los cimientos sobre un pasado imperfecto.

Sin embargo, él acabó hipotecando su vida para hacerle un jardín de rosas. Hubiera perdido lo que fuese con tal de ganarla a ella, y hubiese firmado un contrato con el diablo; sólo para salvarla a ella del infierno.

Saboreaba cada segundo, respiraba cada minuto y se ahogaba en ella cada noche. Lo que veía es lo que creía. Lo que había, no lo quería ver. O quizás no sabía verlo.

Después de no mucho tiempo, y de unas cuantas promesas caducadas, ella decidió dejar la autopista y conducir hacia el vacío. Pensó que dejándolo solo podrían aprender a vivir; cada uno a su manera, sin miramientos.

Sin cruzar los sentimientos.

Ella con sus metodos, y él con sus pensamientos.

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