domingo, 22 de enero de 2012

Tu aire es el único que puede salvarte.


Te lo digo. Me lo creo. Tú, por supuesto, también.

De nada por evitarte dolores, quebraderos, pérdidas y demás cosas; de cabeza. Perdona por provocarte desconfianzas, sospechas, orgasmos y demás cosas; ajenas.

Te sujeto las miradas con vendas de cuero, pero te hago sentir que son de satén. Te sujeto a mis palabras con hilo de coser. De coserte las costuras, de fruncirte los ceños y de mentirte; sin confesarte.

A veces, incluso me atrevo a cojer los trenes que estacionan en tus acciones. Una vez te dije que compraba el billete con destino a las verdades. Como un crío, eché cerillas a tus buzones, y cartas; a otros muchos corazones.

Te bajo las nubes, te subo al cielo, pero te guardo en el infierno. Sin solarte la mano ni un momento; sólo para que creas que puedo salvarte.

Sopla.

Las cortinas de humo son sólo eso. Humo.

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