miércoles, 8 de febrero de 2012

5:30 AM.


Se mordía los labios. Aún faltaban dos horas para el desayuno, y tenía que ocupar su tiempo y sus deseos en él; fuera como fuese. Afortunadamente, el coche era demasiado pequeño como para respirar aire nuevo, y cada bocanada le sabía a un paso más cerca de lo que consideraría sólo una victoria más de toda su guerra.

Se ahogaba, pero no le importaba. En ese momento, lo único que le ocupaba la cabeza era lo que había entre sus piernas. Las suyas y las de él. Sólo quería empañar los cristales como en "Titanic", recorrer su cuerpo con sabor a fresa y nata como en "Nueve semanas y media" y sentirse, por muy mal que sonase, como la puta de "Pretty Woman".

Le insinuó todas las armas que guardaba bajo la falda; dejó escaparse un suspiro ahogado y recorrió su cuello con la mano. La verdad, tampoco resultaba tan difícil después de que había bebido unas copas más de la cuenta.

A él tampoco le pilló muy de sorpresa. Tampoco tenía otra cosa en la que dejar pasar sus horas, así que dejó que se lo llevara el viento del aire acondicionado; y apagó el motor, para encender el suyo propio.

Las historias cambian desde los ojos de donde se sienten. Ella ahora lo cuenta como lo que tenía planeado, una victoria entre otras derrotas de la guerra de aquella noche.

Faltaban diez minutos para el desayuno, solo que él seguía teniendo hambre. Mientras, ella se había llenado el estómago de gritos, escalofríos y arañazos de unas uñas mordidas por las apetencias de algo muy distinto a lo que él le había ofrecido: las desganas y un revólver capaz de disparar a sus minutos más inútiles.

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