lunes, 6 de febrero de 2012

Ensayo sobre ciencias inexactas.


No se la podía sacar de la cabeza ni con una tableta de aspirinas. La gente le había aconsejado esperanzas de mentira, sólo para recibir alguna de sus bonitas sonrisas; pues ahora las gastaba todas en ella y no le quedaba ninguna para ahogarla en una cerveza con amigos.

Salía de casa 2 horas antes de entrar al trabajo. Quería tomar el camino largo, y tal vez pudiese verla esperando en un semáforo. A veces le costaba admitirlo, pero su reflejo en los charcos que ella iba pisando hacía que se viese distinto.

La tenía en el punto de mira, y tenía el anular puesto en el gatillo; por si había que echarle las culpas a alguien, pues era su dedo flojo. Lo que pasaba es que ella todavía no lo sabía; pero él ya había inventado mil formas de enrevesar las palabras y coincidir en los pestañeos, para no perderse ni un segundo.

Supuso que era más fácil que dejar de fumar. Se encendió un cigarrillo y revisó un minuto su lista de excusas baratas. Cualquiera le valía, y no perdía nada en intentarlas todas. Decidió dejar de lado las historias de otra gente, y empezó a escribir la suya propia. Se acercó despacio a ella y le contó al oído el final de su novela.

- Voy a hacer que te enamores de mí para quitarme este interés que tengo por ti.

La mezcla de intriga y de sorpresa le borraron la barra de labios. Desde luego; no iba a ser ella, ni tampoco su orgullo los que perdieran la batalla. Siempre había escrito sus finales, y le había dado igual cual fuese el principio. Y como a todas las chicas bonitas, el tipo de final que le gustaba era de color parecido al rosa.

Él le había dejado pasar su aduanas, y le había concedido un crédito de por vida, un piso en la playa y un hotel a pensión completa. Supo escribirle un cuento en la cabeza con un sobrenombre parecido a “futuro”, y dejó que ella firmase sin leer la letra pequeña.

La historia que les siguió desde entonces no fue otra más que una cualquiera. Le llenaba los martes de rosas, incluso conseguía hacerla reír los domingos. Logró clavarle una espada por la espalda a la confianza, y parecía que la culpa no se acordaba del camino a su casa.

Al final, y como era de esperar, el dedo le acabó fallando. Con un poco de “a propósito” le disparó al corazón a quemarropa. Todas las intenciones sin cumplir de suicidio que guardaba ella, para él significaron alivio; libertad; vida nueva.

Desde entonces, de ella jamás se supo nada.

Respecto a él; después del colocón de éxito que le llenaba el cuerpo sólo le quedaba volver a caer. Fue una noche sin más; la que al doblar una esquina le atracó el remordimiento, quitándole la media sonrisa, la amnesia producida por el momento, y la cartera llena de “no me llores, que tú te lo has buscado”.

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