lunes, 1 de julio de 2013

Vamos, sin estar invitados.

Somos como la uña que se clava en la carne, el clavo que se mete sin sacar el anterior o la alergia a los antihistamínicos. Ya no podemos ni agarrarnos a nosotros mismos, y es un problema porque no dejamos de caernos,
a los pies de alguien.

No se contemplan enteros sino mitades, y no se entienden las mitades sin sus ídem. Que sólo puedes correr si te agarran de la mano y levantarte si te cogen. 
De la ídem.

Nos hemos puesto a contar los fallos y a aprender de los aciertos, a bailar las canciones tristes y a asociar el cigarrillo con las ascuas,
en las que estamos.

Cómo vamos a hablar de la felicidad cuando lo que nos pesa es la desgracia, que a ningún pájaro le cuesta volar si lo único que lleva son plumas,
o cartas.

No sé cómo se me ha metido el amor ajeno en mi propia copa. - ¿Cuál es tu número favorito? - le digo.
- El dos, claro. - me contesta.

Si existiesen los extremos estaríamos todos muertos. Los medios casi nunca son suficientes cuando se trata de mantenernos,
vivos.

Las buenas maneras nunca funcionan, porque no queremos. Y aunque las nuestras sean malas, son las que nos mantienen en equilibrio,
entre estar vivos,
y no tener ganas de estarlo.


domingo, 30 de junio de 2013

Así estoy yo, sin mí.

He conseguido distinguir entre diferentes tipos de rojo y aun no he encontrado ninguno que se parezca al mío.

He intentado saltar más veces de la cuenta y el único sitio al que he llegado ha sido al fondo. Y a veces, hasta lo he tocado un poco.

He perdido la vergüenza cada vez que me miraban justo cuando no sabía qué decir. Por falta de palabras o por omisión de información. Y al final no he dicho nada.

Me he reconocido menos veces de las necesarias en los espejos, y el reflejo nunca se ha parecido lo suficiente a una sonrisa como para querer seguir buscándome.

He vuelto más veces que el asesino a la escena del crimen, y sólo he encontrado restos que me ha costado ver como míos. Y siempre he preferido dejarlos donde estaban.

He hundido tantos barcos que ya no me queda hierro en la sangre para construir unos nuevos. Y al final resultó que uno de esos barcos era el mío propio.

He enterrado tantos besos que he perdido los mapas para encontrar esos besos. Y se han acabado disolviendo en la arena.

Hay tantas cosas en mi cabeza que muchas de ellas se mezclan y pierden el sentido. Y luego no me he esforzado en ordenarlo todo y empezar a leer desde el principio.

Me he perdido tantas veces que incluso estando tú en el mismo sitio, también te he dado por lo mismo que yo; perdido.

Y he repasado tantas veces mi lista de tropezones que siempre me olvido de que el último,
todavía me tiene,

tirado en el suelo.



viernes, 21 de junio de 2013

2. y yo.

A veces se me olvida pensar en mí, y es que el tiempo se me echa encima cuando repaso la lista de personas por hacer; y claro, nunca me da tiempo de llegar a leer el "y yo" del final.

Vivo unos amigos que no me merezco. Río unas carcajadas que no son del todo mías y si juntas todas las horas que me han hecho esperar sale un número más alto que el mil.

Cada vez tengo menos secretos. Sobre todo para mí mismo, y es que el día que se me comió la lengua un gato descubrí que me quedaban otras seis más escondidas en la boca.

Fumo para acordarme del momento en que dejé de hacer caso a mis padres.

Llevo un anillo en la mano izquierda que me recuerda que en algún momento me casé con algo que aun intento entender.

He vivido en cinco sitios diferentes, y siempre he sido el único que se ha atrevido a llamar casa a alguno de ellos.

He gastado dos corazones y medio. Los dos primeros se acabaron rompiendo, y aun estoy esperando a que me llegue la segunda mitad del tercero.

Duermo diez horas al día y sobrevivo catorce de noche, y todos los días pierdo la cuenta de las veces que he ido a vaciar el cenicero.

Como por gula, escribo con soberbia y a veces quiero por envidia.

Espero que aproveches por mí todo el tiempo que paso repasando tu nombre,
y entiendas porque nunca llego,
a leer el "y yo" del final.