lunes, 1 de julio de 2013

Vamos, sin estar invitados.

Somos como la uña que se clava en la carne, el clavo que se mete sin sacar el anterior o la alergia a los antihistamínicos. Ya no podemos ni agarrarnos a nosotros mismos, y es un problema porque no dejamos de caernos,
a los pies de alguien.

No se contemplan enteros sino mitades, y no se entienden las mitades sin sus ídem. Que sólo puedes correr si te agarran de la mano y levantarte si te cogen. 
De la ídem.

Nos hemos puesto a contar los fallos y a aprender de los aciertos, a bailar las canciones tristes y a asociar el cigarrillo con las ascuas,
en las que estamos.

Cómo vamos a hablar de la felicidad cuando lo que nos pesa es la desgracia, que a ningún pájaro le cuesta volar si lo único que lleva son plumas,
o cartas.

No sé cómo se me ha metido el amor ajeno en mi propia copa. - ¿Cuál es tu número favorito? - le digo.
- El dos, claro. - me contesta.

Si existiesen los extremos estaríamos todos muertos. Los medios casi nunca son suficientes cuando se trata de mantenernos,
vivos.

Las buenas maneras nunca funcionan, porque no queremos. Y aunque las nuestras sean malas, son las que nos mantienen en equilibrio,
entre estar vivos,
y no tener ganas de estarlo.